El ser que la habita. La niña, estaba junto al río con un tabaco encendido que la mimetizaba con su humo espeso. A los pies de un árbol centenario, rodeado de cirios, velas e imágenes de deidades y figuras históricas de la época de la independencia, se marcaba un pentagrama de cal rodeado de vasijas con sangres del sacrificio. Alrededor, un séquito de hombres y mujeres con ropas blancas, collares y penachos de cuentas y plumas coloridas. La mayoría con puros consumiéndose en sus gargantas, acompañado de aguardiente y ramas de plantas místicas que, al compás de tambores y de las ráfagas de las llamas de una chisporroteante fogata, invocan a cada espíritu de la cosmogonía de su Olimpo. "Pídele a tu muerto que venga a ti", le decía una mujer de prominentes caderas y cuyo cuello y muñecas estaban abarrotados de collares y amuletos. Y con esa mujer, un hombre de aliento pestilente y ojos oscuros como el vacío de la nada le recordaba que ella era parte important...