El ser que la habita. 


La niña, estaba junto al río con un tabaco encendido que la mimetizaba  con su humo espeso. 

A los pies de un árbol centenario, rodeado de cirios, velas e imágenes de deidades y figuras históricas de la época de la independencia, se marcaba un pentagrama de cal rodeado de vasijas con sangres del sacrificio.  Alrededor, un séquito de hombres y mujeres con ropas blancas, collares y penachos de cuentas y plumas coloridas. La mayoría con puros consumiéndose en sus gargantas, acompañado de aguardiente y ramas de plantas místicas que, al compás de tambores y de las ráfagas de las llamas de una chisporroteante fogata, invocan a cada espíritu de la cosmogonía de su Olimpo.

"Pídele a tu muerto que venga a ti", le decía una mujer de prominentes caderas y cuyo cuello y muñecas estaban abarrotados de collares y amuletos. Y con esa mujer, un hombre de aliento pestilente y ojos oscuros como el vacío de la nada le recordaba que ella era parte importante de aquel ritual. "Como siempre, chupa ese tabaco y pídele a tu espíritu regente que venga que tenemos trabajo"

Su espíritu protector, un guerrero zambo de la gesta independentista. Según sus "maestros" el Negro Primero, lugarteniente del mismo José Antonio Páez, era su ancestro, él y el mismo Páez, ya que Pedro Camejo, cómo fue bautizado, en una oportunidad le entrego a su hija al mismo general Páez como regalo por ofrecerles la libertad. De aquella unión surgió la línea de descendientes que desembocó hasta la niña. 

La precoz aprendiz, tenía dotes desde la concepción. Su madre María Cristina, le contó que el día que la concibieron, ella misma le habló desde el plano de los no nacidos. Aunque producto de una violación, María Cristina nunca rechazó a Antonia, ya que decía que cuando su violador fue a atacarla vio una marca en la luna (una especie de espiral) y según sus muertos: en una noche con la luna marcada ella concebiría a una niña con dotes más grandes que cualquiera, sólo comparados con los de la diosa de Sorte. 

Aquel hombre que consumó su crimen, aunque ya vaticinado, al final de una época de lluvia en el litoral se secó y murió de una extraña enfermedad. Siete meses duró la gestación de Antonia y, el mismo tiempo el resto de la vida del violador desde aquella noche de luna marcada. 

"Esa es la historia de la concepción de Antonia" siempre decía María Cristina a los maestros de la santería que la visitaban para saber sobre el ser que la cubría. 

La niña había estado en cientos de rituales pero, en aquella oportunidad todo pintaba distinto. Esa noche había más gente que de costumbre y la montaña había sido custodiada por hombres de traje y corbatas muy pocas veces vistos por esos lados. 

_Lo que verás hoy no lo has visto nunca. -le decía la mujer de caderas prominentes que la preparaba antes de cada sesión- será muy arriesgado y habrá mucha sangre. Debes concentrarte bien para que tú muerto no te domine y se quede con tu cuerpo. 

La niña absorbida por el humo de su tabaco y las llamaradas de la fogata, sólo asentía y calaba otra bocanada del puro. 

Gallinas, gatos, perros y hasta un ejemplar de un fornido caballo blanco como la leche, fueron desfilando por el pentagrama. Las vasijas se fueron llenando con la sangre de los animales y, en pleno aquelarre, lo último que recuerda ver la niña es a un hombre vestido de blanco entrando al pentagrama. No era un hombre que ella conociera. No pertenecía al séquito de médiums  y marialionceros  que la frecuentaban. Pero vio en él un aura de grandiosidad y elocuencia. Un don de dialecto que, aunque no lo escuchó, es algo que su poder le hizo presentir. "Debe ser un hombre importante" se decía "pero está marcado por la desgracia".

Al entrar ese hombre al pentagrama, otros sujetos llevaron al gran semental blanco delante de él. Mientras que el maestro de aliento pestilente la llamó con la mano y la puso frente al hombre y el caballo, mientras invocan al trance tomando de la cabeza a la niña mientras otros dos sujetaban al animal asustado que, con grandes ojos, vio a la niña mientras ésta se reflejaba y se perdía en la negrura de sus pupilas sólo distrayéndola, brevemente, el salpicar de la sangre del animal al ser degollado. El caballo relinchó y forcejeó con sus captores pero, ya su destino estaba decidido, su sangre sería el lazo entre la niña, Pedro Camejo y aquel misterioso hombre por el cual estaban moviendo las entrañas de cada sacrificio hecho en esa montaña. 

La niña, con la cara manchada de sangre,  se revolcó en el suelo. Se elevaba y se retorcía cómo gusano en el agua. Los demás hombres del séquito se apresuraron a agarrarla pero extrañamente una fuerza descomunal se apoderó de ella. Hicieron falta cuatro hombres robustos para maniatar a una niña mal alimentada de once años y de apenas unos veinte kilos. 

El maestro de ceremonia, se arrodilló junto a ella que, entre gritos y gruñidos, maldecía con una voz grave a todo aquel imperialista que lo quiera volver a esclavizar. "Calma. Sólo te queremos consultar y pedir por el porvenir de este hombre. Luego puedes volver a descansar" le decía entre escupitajos de aguardiente, ráfagas de humo de tabaco y ramazos de yerbas. "Este hombre no es nadie en comparación con mi general. ¿Y quieren que lo ayude?" Soltaba la voz potente del interior de la niña mientras convulsionaba. "Yo no puedo ayudar a nadie que tenga miedo a morirse. Yo ayudo a valientes como mi general. Ese si es un varón".

La niña se retorcía más y en pleno forcejeo se escuchó el crujir de un hueso. La mano de uno de los hombres que la sostenía se rompió en tres partes. El hombre cayó de rodillas gritando de dolor y exponiendo a los presentes los huesos de su brazo. La niña, o mejor dicho, el ser que la habitaba, se reía a carcajadas ante la escena. Tres hombres más debieron ir a sujetarla. 

El hombre de blanco bañado en la sangre del animal caído aún palpitante, yacía petrificado del horror. Los ojos abiertos a más no poder. Pero el director de aquella escena le había advertido que por nada del mundo, pasara lo que pasara, viera lo que viera debía moverse. Él debía quedar erguido demostrando dureza, ya que al ser que invocarían esa noche no le gustaban los cobardes y, si veía un ápice de debilidad en él no los ayudaría en la empresa que estaban a punto de empezar. 

Los tambores redoblaron su ritmo. Las mujeres y los hombres del séquito oraban en una extraña lengua venida del más allá. Otros se bañaban con la sangre de las totumas mientras la mujer de grandes caderas,  que acompañaba a la niña, rasgaba la panza del semental y  desenredeba las tripas para leer el futuro del hombre de blanco y a su vez, buscar apaciguar al conjurado. 

La noche se hizo más oscura y fría. Un hombre en pleno trance, se dejó caer entre las brasas de la fogata y arrastrose sobre ellas. El espíritu en la niña logró calmarse y buscó hablar con el maestro "¿Qué quieres de este musiu?" Le dijo mientras veía de forma burlona al hombre en el pentagrama. "Que termine lo que empezó" le dijo entre chorros de alcohol y saliva. Y entre una oscura carcajada se le acercó al hombre de blanco, soltándose de sus grilletes humanos. "Tienes miedo, musiu. Te lo veo en los ojos" le dijo mientras escudriñaba al sujeto delante de él. "No tienes lo que hace falta ¿O sí?. Tenés que hacer más sacrificio que el de unos cuantos animales mal habidos. Debés demostrá que sos el hombre. El que puede terminá lo que empezó". Aquel hombre sintió un frío estupor que le atravesó el cuerpo cuando el ser dentro de la niña le siguió hablando y le dijo: "que bonitas manos. Cuidaitas, sin ningún callo ni quemaduras. Se ve que no has trabajao nunca.  Esas serían un buen comienzo"

El hombre de blanco se quedó mirando sus manos mientras la niña en una rotorcida convulsión se dejaba caer, y ante la mirada de los presentes, dejaba salir un humo verde de su boca seguido de una espuma espesa y blanquecina que por poco la ahoga. 

La mujer que escudriñaba las entrañas del caballo, se apresuró a socorrer a la joven que, tumbada en el centro del pentagrama comenzó a volver en sí. 

"Bueno, ya sabe lo que el Negro quiere. Ya lo que queda es que usted se lo dé". 

La mujer ayudó a levantar a la niña. Y mientras Antonia volvía en sí, vio al hombre de reojo como era limpiado y acompañado de otros de sus seguidores. Y por un instante observó al hombre como la miraba. El hombre de blanco le preguntó al de aliento pestilente mientras se retiraba con él "¿La niña? ¿Está bien?" A lo que le respondió que no se preocupara, que para eso ella nació. 

Pasaron las semanas y los meses y la niña no volvió a la montaña en mucho tiempo. La última sesión la dejó exhausta espiritualmente, al menos eso le decían la mujer de grandes caderas y el hombre de mal aliento. Y así se sentía. Pero no podías olvidar el rostro de aquél caballero de blanco. Nunca lo había visto de nuevo, hasta que en su pueblo llegó la noticia de que a casa de Juan Carlos Contreras, uno de los hombres más adinerados de su localidad, habían traído un nuevo televisor. Y aquel 24 de junio de 1960 todos en la pequeña comunidad, incluida Antonia, se apresuraron a las ventanas de la casa de los Contreras. Mientras los cabezas de la familia, el cura de la parroquia, la mujer que preparaba a Antonia y el hombre de aliento pestilente estaban sentados en sendas portronas delante del nuevo aparato. El resto del pueblo se conformaban con ver la extraña caja que emitía imágenes (todo una novedad) desde la calle. Ese día era el desfile conmemorativo a la batalla que selló la independencia del país. El presidente se dirigía a los actos que por primera vez se transmitirían por televisión. Entre los niños y demás espectadores, Antonia, se logró hacer con un puesto donde pudo ver en el aparato una figura conocida. Un hombre que había visto tiempo atrás, aunque en esta oportunidad unos anteojos eran la diferencia pero, su rostro era el mismo. Entonces sucedió. Antonia vio detrás de aquel hombre una figura que estaba segura que nadie más veía. Un portentoso hombre de tez oscura y mirada infinita, sus ropas distintas a las del resto. Aquel ser iría por las manos del hombre de blanco y de alguna u otra forma reclamaría su primer pago. 

 






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