A las ocho menos quince
En Homenaje a Hermann Schreiber
Todos los días tocaba el violín. Era lo único que su esquiva mente recordaba de su juventud, más por la memoria de sus manos que por sus recuerdos.
La soledad sólo desaparecía cuando Ana, la joven que había venido a este país extraño en busca de un mejor futuro para su familia, llegaba a cuidarlo: bañarlo, alimentarlo, darles sus medicinas, leerle uno de los libros que tenía en su biblioteca personal y escucharlo tocar alguna pieza en el violín era la rutina diaria de Ana y el viejo. Todo seguía igual, hasta que un día la rutina se tuvo que alargar. Seguía con los mismos cuidados pero en esta ocasión las noches se hicieron obligatorias.
El viejo no sabía por qué ahora esa extraña mujer dormía ahí y, su memoria le empezó a hacer preguntas. "¿Quién eres tú? ¿Qué haces acá?" Ella siempre respondía "Soy Ana, señor. ¿No me recuerda? su hija me trajo para cuidarlo"
El viejo hacía una mueca de desprecio y continuaba sus divagaciones. Ana, fiel a sus cuidados, seguía con su rutina, y al final de la tarde siempre le buscaba el violín para que el viejo lo tocara, hasta que un día no quiso. Ana le preguntó el porqué de su negativa a sacar algunas notas al instrumento, a lo que el viejo contestó: que era porque no tenía público para que lo escuchara "ya ni salir puedo. No sé por qué nos tienen preso" el semblante del viejo cambió de repente y Ana, que lo conocía después de meses de cuidado, sintió que ese cambio era distinto; no era una reacción más de su condición mental. El viejo se sentía más solo que nunca.
Ana, vio el reloj, las ocho menos quince. Tomó el violín y se sentó delante del viejo. Pasando el arco sobre las cuerdas sacó unas notas desafinadas que molestaron al viejo, éste le arrebató el instrumento y le dijo que prestará atención, que le iba a enseñar cómo se hace.
Al tocar el viejo violín, sus manos se llenaron de recuerdos. Su mente viajó al pasado, y las notas fluyeron en un compás de efluvios primaverales. Ana se acercó al balcón y abrió las ventanas exponiendo el exterior. El viejo tocó. Tocó como cuando lo hacía en los conciertos de su juventud y se ganaba la vida interpretando los clásicos. Tocó con tal sentimiento y pasión que cada molécula y partícula de su ser, y que lo rodeaba, vibró en la misma frecuencia de su música.
Al terminar lloró, soltó el violín y vió a Ana. "Así se hace" dijo, "pero para qué si nadie me oye ni lo aprecian." Ana respondió "¿está seguro?"
Lo tomó por el brazo y lo acercó con suavidad al balcón en el instante que comenzaron a sonar los aplausos...
"¡Si me oyen!" Dijo el viejo entre sollozos y, temblando cerró los ojos y absorbió todo los vítores de sus espectadores.
Durante tres meses Ana revivió aquel concierto justo a las ocho menos quince de la tarde.

Bonito cuento inspirado en una historia realmente conmovedora, abrazos.
ResponderEliminarDionicio, tu relato me conmueve. Siento La bondad de la enfermera y la dureza
ResponderEliminarde la vejez.
Lo lograste!