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  De siete. El camino empolvado reconoce mis pies. Me trae de vuelta. Aplana mi frente y mis manos. Y deambulo por desiertos, aunque secos, más humano y, de suaves dedos arrugados.  Los mismos dedos que picaban  el ají para el guiso  y endulzaban el café del primer rayo de luz en las mañanas. Las mismas arrugas dónde surcaban  Los ríos de mi infancia Y los centavos del mandado.  Cada vez que esos ojos vidriosos me reflejan vuelvo a ser niño.  No importa que tenga veinte, treinta o treinta y siete.  Incluso si tengo setenta,  si me reflejo en esos ojos siempre tendré siete... Siete es una buena edad. Siete es una excelente edad. La edad que tuve la primera vez que me enamoré  y supe que ella me correspondía.  Antes de esa edad era sólo instinto. Luego fue verdad con sentido.  Esa era la edad que Tuve cuando gané mi primera canica,  o metra,  como se dice en mi pueblo.  Bailé mi primer trompo  y volé  en ...
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  Las mamis no se queman. A Marcelina, que aun le falta mucho para ir a cocinarle a Dios. La mujer no recordaba el pasado, por el contrario lo vivía día a día. Sus recuerdos a veces se perdían entre el presente y el pasado reduciéndose a una condición vegetativa. Vivía en un estado neutral del tiempo.  Esa tarde llegó de emergencia al hospital. Sus hijos, nietos y bisnietos le explicaban a la Doctora de guardia lo ocurrido con su salud "Estaba tranquila, y de repente comenzó a temblar. Mi negra se puso pálida Doctora" decía la menor de las hijas que, entre la mascarilla y las gafas empañadas, trataba de controlar los sollozos por el temor de perder a su anciana madre...  La mujer cocinaba como para los reyes. Su sazón, herencia de un pueblo con tierras fértiles y tan negras como el carbón, sólo inspiraba las historias sobre su mano mágica para los platos más sublimes "¡Que comida tan rica! ¿Eres un chefs?" Preguntaba la niña al subirse en una silla para ver a su nan...
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  El pacto Aquel viejo fue perdiendo la luz gradualmente. En su juventud veía a lo lejos como los conejos,  que iba a cazar con su padre, asomaban las orejas por las madrigueras, así como también los multicolores que destellaban de los pequeños bisures que le gustaba perseguir por los patios de las casas de sus vecinos. Luego, los rayos del sol comenzaron a opacarse y los colores del mundo cada vez se tornaban en un gris frío y desolador. A los 34 años ya solo formas y figuras vagas se vislumbraban en sus ojos. La vista pasó a un último plano entre los sentidos que usaba. Hasta que ya después de tanto tiempo en penumbras era como si nunca hubiera abierto los ojos para ver el día.  Los recuerdos de los colores eran lo que más lo agobiaba: el azul del cielo. Lo amarillo del sol. El granate de las granadas de la mata que tenía en su patio y que desgranaba junto a su mamá. El verde del cilantro, que al olerlo en las sopas de los domingos más le dolía el recuerdo; hasta el neg...
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  El ser que la habita.  La niña, estaba junto al río con un tabaco encendido que la mimetizaba  con su humo espeso.  A los pies de un árbol centenario, rodeado de cirios, velas e imágenes de deidades y figuras históricas de la época de la independencia, se marcaba un pentagrama de cal rodeado de vasijas con sangres del sacrificio.  Alrededor, un séquito de hombres y mujeres con ropas blancas, collares y penachos de cuentas y plumas coloridas. La mayoría con puros consumiéndose en sus gargantas, acompañado de aguardiente y ramas de plantas místicas que, al compás de tambores y de las ráfagas de las llamas de una chisporroteante fogata, invocan a cada espíritu de la cosmogonía de su Olimpo. "Pídele a tu muerto que venga a ti", le decía una mujer de prominentes caderas y cuyo cuello y muñecas estaban abarrotados de collares y amuletos. Y con esa mujer, un hombre de aliento pestilente y ojos oscuros como el vacío de la nada le recordaba que ella era parte important...
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  El tiempo... Nuestra vida es un candil; Una vela, una mecha. Se enciende en la estocada... En la noche apasionada. Consume su llama  en la habitación del tiempo. Tú te opacas y el tiempo se ilumina cuando tu vida vives. Son los actos la llama. Es el ser perpetuo. Es la vida en el tiempo. Es la sombra del resto. No consumir la vida solo trae desdicha, por miedo a la última chispa.
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  En el ochenta A.C Su rostro reflejaba las ansias de la libertad. Ese día ante más de quince mil romanos, demostraría que era uno de los más grandes gladiadores y el mismo emperador lo reconocería.  Cinco años antes, Verus picaba piedras para la construcción del Anfiteatro Flavio. Más de dieciocho meses sobrevivió en el Foso, la cantera que proveía la mayor cantidad de materia prima para el edificio que representaría la gloria de Roma. Vespaciano quería demostrarle al mundo y a sus detractores de lo que era capaz, y Tito, su hijo y heredero, demostrar que podía ser tan grande como su antecesor. La piedra se manchaba con la sangre y el sudor de miles de hombres que trabajaban y morían cómo esclavos para la gloria del imperio. Los más afortunados se curtían la piel con el sol y engrosaban sus manos con el cincel y el martillo.  Verus deseó la muerte en más de una oportunidad.  Su aldea, al norte de Italia, fue invadida y hecha romana durante su adolescencia. La mayorí...
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 Quilombo en Barlovento ¡Negro! el color de la noche que alberga peligros. ¡Negro!  el color del vacío estrellado.  ¡Negro! los ojos de mi madre. ¡Negro! el cabello de mi mujer. ¡Negro! el café de mi pueblo. ¡Negro! el fruto de mi tierra,  el que genera más vergel. Y aunque...  ¡Negra! es la esperanza ¡Negra! es la piel  de hombres y mujeres Que iluminan mi ser.  ¡Negra! Mi abuela la  ¡Negra! que desde Mi niñez  me hizo viajar  entre cuento y cuento Con Tío Tigre y Tío Conejo En aventuras a granel.  ¡Negra! es mi tía y, su apodo también ¡Negra¡ mi primer amor, Y mis sueños de ser  Un gran pelotero  ¡Negro! Cómo Carlos Café. ¡Negro! Una bella condición que concilia por sí sólo la lujuria y la pasión.  ¡Negra! Las letras del lápiz,  la tinta y el plumón con la que se escribieron desde antaño las más hermosas palabras cómo:  negro, blanco, rojo y amarillo Y la que es mejor: ¡Technicolor!