En el ochenta A.C


Su rostro reflejaba las ansias de la libertad. Ese día ante más de quince mil romanos, demostraría que era uno de los más grandes gladiadores y el mismo emperador lo reconocería. 


Cinco años antes, Verus picaba piedras para la construcción del Anfiteatro Flavio. Más de dieciocho meses sobrevivió en el Foso, la cantera que proveía la mayor cantidad de materia prima para el edificio que representaría la gloria de Roma. Vespaciano quería demostrarle al mundo y a sus detractores de lo que era capaz, y Tito, su hijo y heredero, demostrar que podía ser tan grande como su antecesor.


La piedra se manchaba con la sangre y el sudor de miles de hombres que trabajaban y morían cómo esclavos para la gloria del imperio. Los más afortunados se curtían la piel con el sol y engrosaban sus manos con el cincel y el martillo. 


Verus deseó la muerte en más de una oportunidad.  Su aldea, al norte de Italia, fue invadida y hecha romana durante su adolescencia. La mayoría de los hombres fueron asesinados o esclavizados. Pero él era fuerte y sano y fue llevado a las canteras para aprovechar su vitalidad. 


De alguna u otra forma desde los rincones  del imperio llegaban historias y noticias sobre el acontecer en Roma. Las luchas de gladiadores eran los más grandes espectáculos de los que se tenía conocimientos. Sólo las victorias de los grandes generales como César, eran más majestuosas  que las leyendas forjadas en la arena. Verus, supo que si no quería morir entre el polvo de la roca picada, debía convertirse en uno de esos seres que teñían la arena de combate con su sangre y sudor. 


"Todos a formarse. Una línea delante de la grúa" escuchó gritar a uno de los guardias mientras otro le empujaba con su escudo, señalándole que dejara el martillo y el cincel y se formara. Escuchó que al parecer era un lanista que venía con su entrenador de gladiadores para comprar a un par de esclavos que pudieran servir para la arena. 


Los dos visitantes se apearon de sus caballos y rondaron entre los curtidos canteros que tenían en frente, palpando observando y examinando hasta los dientes y otros orificios de cada ejemplar que les parecían interesantes. Dos hombres fueron seleccionados, dos grandes ejemplares de espalda ancha y brazos fuertes, pero no llegaron hasta donde estaba Verus. Se dieron media vuelta y se marcharon con la compra. Verus sintió que si ese no era su momento no sería nunca. Se adelantó al grupo y bajó de la carreta al hombre más grande que habían seleccionado el entrenador y el lanista. Le propinó un golpe y este le respondió, comenzando una pelea para demostrar sus habilidades. Los soldados se apresuraron a separarlos, pero el entrenador de gladiadores les dijo que dejaran que pelearán. Lucharon con puños y con picos emparejando sus fuerzas hasta que Verus cayó al tropezar con una pala y el lanista paró la pelea. Vio a su entrenador y con gesto con la cabeza, éste les dijo a los soldados que también se llevaría a Verus. 


Durante todo el camino Verus no dejó de pensar en los dieciocho meses que pasó picando piedras. Esa había sido su única y verdadera oportunidad para salir del Foso y, por los dioses que no la iba a desaprovechar. 


Medio día había pasado y aún no conocía al hombre con el que provocó la pelea y cuando se detuvieron para refrescarse y beber agua, a la primera oportunidad que tuvo le extendió un vaso, antes de tomar él siquiera, aquel hombre lo vio fijo y asintió agradeciendo el gesto. Su nombre, Prisco.


Prisco, era alto, fornido y de gran habilidad con la espada. En alguna oportunidad lo presentaron como descendiente o hasta la misma reencarnación de Hércules. Llegó al Foso sólo un par de días antes que el  lanista que lo compró. No había sabido de Verus hasta que le propinó aquel golpe. Se decía de él que venía de Tracia o de Galia. Otros ubicaban su procedencia más hacia el Mediterráneo y de allí su mito hacia la descendencia del mismo Heracles. Nunca dijo más de lo que hablaba con Verus durante sus años de amistad. Nunca negaba una sola historia. Eso ayudó a que su nombre se mitificara en el mundo de los gladiadores...


Verus, mientras esperaba su turno dentro de los pasillos del gran anfiteatro, recordó cuando entrenada con Prisco. "Qué será de su vida" se preguntaba. Los días eran duros y exigentes durante los años de entrenamientos, pero las noches y momentos libres eran dulces y complacientes junto a su amigo. En el ludus eran los más prometedores prospectos a gladiadores y en la intimidad los más atentos amantes. El primer día que llegaron a la casa del lanista el entrenador los mandó a bañarse. Hace apenas dos días estaban picando piedras y ahora estaban en un baño romano con masajistas y sirvientes a sus servicios. Verus nunca había visitado un baño y Prisco lo instruyó.


Aquel día en los pasillos internos del coliseo Verus oía cómo las bestias rugían en la arena. Era el primer espectáculo del día. No debía distraerse con el pasado si quería demostrar de lo que era capaz, se decía una y otra vez pero. No podía dejar de pensar en su pasado y en todo lo que vivió para llegar ahí, cuando ganó su primer combate, luego de una derrota ese mismo día. Eso lo recordaba aún más porque en su brazo derecho tenía una cicatriz producto de esa derrota. No todos los combates se llevaban a cabo en las grandes arenas, la mayoría eran realizados en las afueras de Roma o en las otras ciudades del imperio como Capua. Cuando Verus luchó por primera vez, un Tracio más ágil le cortó el brazo derrotándolo en una batalla más o menos pareja. Al contrario de lo que se piensa, no todos los combates terminaban en muerte. Era muy extraño que un gladiador muriera en la arena. Ellos eran grandes personalidades y no todos eran esclavos. Los lanistas invertían mucho dinero en sus hombres y, si uno moría el patrocinador debía pagar al lanista. Verus salió de su primer combate herido física y moralmente pero, al visto bueno del médico y de su entrenador éste pidió otra oportunidad. En esa ocasión se enfrentó a un español, un hombre que no era esclavo. Era un hombre libre que se ofreció como gladiador para poder pagar sus deudas. El español estaba invicto en dos combates y era muy diestro con la red y el tridente. Pero está vez Prisco le dijo a Verus que no usara el casco que le limitaba la visión a lo que este le hizo caso. Logró esquivar la red y desarmar a su rival en tres movimientos partiendo el tridente en dos. Se abalanzó sobre su contrincante cortando una de sus piernas.  Logró someterlo empuñando su espada contra la garganta del español. Su primera victoria, y así la gritó delante de su público "¡VICI, VICI, VICI!" los presentes lo vitorearon; eso le gustó. Su nombre estaría en boca de todos, se juró.


Ese día fue el primero de muchos. Habían pasado casi cinco años desde que llegó del Foso, y tres años desde que vio por última vez a su amigo Prisco. No quería pensar en nada más que en la lucha de esa tarde pero, no podía dejar de verse entre cada detalle de aquel enorme monumento que él mismo había ayudado a construir picando la piedra que formaban sus muros y pasillos. "Mi sudor está en esta piedra" se decía y, mientras tocaba la pared con su mano presentía que ahora todo tenía sentido. Una puerta se abrió y escuchó con más fuerza a la multitud. Abucheaban y maldecían un combate nada interesante. Al parecer las bestias llevadas para comenzar la carnicería no quisieron devorar a nadie. Esto molestó a la plebe y al mismo emperador pero, alguien tenía que morir y si los tigres, leones y demás felinos no eran los verdugos alguien debía ser el sacrificio. Delante de sus ojos arrastraban el cuerpo de Marius, un entrenador de fieras y que era el encargado de aquellas bestias que no quisieron ser parte del show. 


Las luchas y espectáculos continuaron para entretener a la plebe en aquella inauguración del anfiteatro Flavio. "El más grande monumento a la grandeza del imperio no podía quedarse sin grandes combates". Mucho dinero se invirtió para su construcción y el legado de los flavios estaba en peligro. Vespasiano no pudo ver terminada su obra y Tito, su hijo,  juró que sería lo más grande que Roma y el mundo vería. Muchas tragedias habían caído durante su gobierno: un año atrás el Vesubio había destruido a Pompeya y meses antes de los juegos un incendio se desató en el centro de la ciudad. La gente comenzaba a decir que el nuevo emperador estaba maldito y Tito sabía que un fracaso más sólo tendría un fin, su asesinato. 


Ordenó los demás juegos. El turno era para los combates en masa. Decenas de noveles gladiadores perdieron la vida esa mañana, Tito sabía cómo responder a la plebe y éste dejó que el público decidiera el final de los combates. Ese día Roma estaba sedienta de sangre porque todos los perdedores murieron. 


De la ansiedad pasó al estupor. Verus veía los rostros de sus compañeros caídos y sabía que ese día no habría perdedores sobrevivientes. Era una matanza. Y, aunque no quería, no pudo evitar recordar su primer muerto en combate. Durante una fiesta a la que lo llevaron junto a sus compañeros. Por lo general esas fiestas eran comunes, los patrocinadores llevaban gladiadores para presentar espectáculos privados: luchas, orgías, modelaje y demostraciones de fuerza. Prisco era muy solicitado por mujeres que buscaban su semen y sudor para tratamientos de belleza y de fertilidad y, esa noche Verus fue seleccionado para un combate. La lucha se prolongó por casi tres minutos, un tiempo sustancial en las luchas de gladiadores experimentados, hasta que Verus venció a su compañero. Y con la espada en el cuello de su condicípulo, le sonrió agradeciéndole tan buen combate pero, al levantar la mirada para ver al anfitrión de la fiesta su risa se convirtió en terror cuando éste le señaló con su dedo pulgar la garganta, señal de muerte al vencido… Su primer muerto, y no fue en la arena de combate sino en una fiesta de unos Patricios. Al día siguiente se enteró que Prisco había sido vendido a un ludus del sur. Su entrenador le dijo que todo es negocio y alguien en la fiesta lo quería para su casa. Tres años desde entonces y nunca perdió un solo combate. Su nombre era gritado por las multitudes y su presencia respetada. Ahora iba por la gloria y la inmortalidad. 


El día era el más largo que recordaba en su vida. Adentro, los cadáveres de sus compañeros aún calientes palpitaban por la lucha. Afuera, el bullicio y la euforia retumbaba en cada rincón de la ciudad. Se acercaba la hora estelar, era ahora o nunca, la gloria esperaba por él. El emperador Tito lo había pedido personalmente (esto lo sorprendió) era el más conocido en Roma y se enfrentaría a otro grande del imperio. Frente al portón norte de salida a la arena, esperaba anunciaran a su rival. Un escalofrío subió por su espina dorsal cuando oyó al presentador gritar: "El Hércules de Capua. La roca del Mediterráneo… ¡PRIIIIIIISCOOOO!


Frente a frente los dos amigos se sintieron indefensos y condenados pero, algo en su mirada le dijo al otro que no habría mañana. La gloria pasaría por sobre la vida del otro.


Espada en mano, escudo, medio peto y yermo era lo único que los protegía. La multitud se silenció cuando los dos Titanes se pusieron frente al emperador y dijeron al unísono <<Ave, Caesar, morituri te salutant>> y a la señal del emperador, los combatientes comenzaron la lucha: Las espadas chocaban en el aire. Los movimientos eran ágiles y rápidos. La fuerza se sentía en cada estocada y bloqueo con el escudo. Prisco llevaba ventaja, era más alto y fuerte. Verus a penas lograba esquivar sus ataques, gracias a su velocidad y agilidad. Prisco propinó una estocada baja logrando acercarse lo suficiente para tomarlo por el escudo y desarmarlo arrojando a Verus a un lado. Todo parecía acabado cuando Prisco se disponía a dar un golpe con la espada el juez intervino y, siguiendo la regla del emperador obligó a Prisco a luchar en igualdad de condiciones sin el escudo. La pelea prosiguió a dos espadas, el espectáculo era un baile perfectamente coreografiado. En este punto los dos estaban en iguales condiciones. Verus pudo cortar la mano de su viejo amigo logrando que este soltará una espada, librándose éste de otra para igualar la lucha. El público y el emperador seguían cada movimiento con tal interés que nada fuera de la arena podría interrumpir la emoción que emanaba desde el centro del coliseo. Sus nombres eran gritados con tal emoción que el público quedó afónico cuando casi quince minutos después los guerreros quedaron desarmador y siguieron a puño limpio. Las manos cortadas, heridas en las piernas, los rostros destrozados y los nudillos desechos ensangrentaban la arena del coliseo. La batalla fue tan grandiosa que el mismo poeta romano Marciano la inmortalizó en un poema para la posteridad. Las fuerzas se escapaban de cada gladiador pero nada detenía sus ganas de ganar, nadie se rendía hasta que, el emperador se levantó y el juez detuvo a los luchadores que casi no se podían mantener en pie. El público presente se mantuvo en silencio cuando Tito, viendo fijamente a los dos hombres levantó las dos manos. El público elevó en coro el nombre del César y estalló en un bullicio de emoción…


Se entregaron sendas palmas y gladius, espadas de madera, símbolo de la Libertad de los esclavos convertidos en gladiadores convertidos en leyendas.  La más grande estrategia de Tito, dejar que Roma lo viera como magnánimo y lo aclamara como sabio y justo. El emperador le había ganado este asalto a sus enemigos en el seno de Roma, por lo menos hasta el año siguiente.






Comentarios

  1. Muy buen texto Dionisio, se mete uno contigo en la historia de esos gladiadores, y sus vidas pasan ante nuestros ojos como si estuviesen pasando hoy, abrazos.

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  2. Texto minucioso. Excelente ilustración de la épica Romana. También una reflexión sobre la bondad: no todas las veces el bondadoso es bondadoso!

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